Escucho con algo de frecuencia que las palabras cambian. Esta declaración procede del mismo ámbito y del mismo archivo que legitimó la certeza de que el sol gravita a la tierra. Nada más que por rigor de términos, cabe remembrar que el lenguaje carece de ánima, y que son los usuarios los que deciden la permanencia o la defunción de los componentes de un idioma. En su alba, toda palabra es un neologismo. Mientras 'domus' ha prevalecido indemne, se ha olvidado que 'pomada' deviene de manzana, pues de antiguo los mejunjes cremosos se preparaban con esa acicalada fruta. Pero existe el caso híbrido de vocablos que han emigrado a otras área sin desobeceder a su fundación. Esta solidaridad puede parecer incompatible. Un buen ejemplo la refuta: el altruismo de la antigua Grecia llamó 'pedagogo' al esclavo que conducía a los niños a sus lugares de estudio. Luego advino un tránsito conocido: la palabra rotuló al esclavo que aleccionaba y luego se asentó en el profesional de la educación.
Cuando informaba que sería profesor de castellano, mis interlocutores oscilaban del dialógico desprecio ("¿Pedagogía?, ¿vas a ser profesor?") al eufemismo lastimero ("¿profesor?, qué simpático"). Cierto día, ya en ejercicio, un apoderado me confesó que su hijo pretendía ser profesor y me rogó que lo disuadiera. En otra ocasión, un alumno me recomendó que ante las chicas revelara que ejercía la ingeniería o las leyes. La pedagogía, empero, goza de un día consagrado, como los santos, y no es incomún que se invierta en poesías, loas, artículos y lágrimas para celebrar su relevancia.
En Chile, existe un circuito de oficios de prestigio inferencial: medicina, leyes, ingeniería, no sé si periodismo. Quienes los anhelan han optado por no recordar que las materias que las componen deberán ser oficiadas por un profesor, que fue educado por profesores, que fueron educados por profesores, que fueron edificados por profesores . En Chile medra el desdén a la cultura y a sus bases. Son los quisieran erguir una instalación comenzando por el tercer piso.
El profesor actual no ha sido infiel a la cuna léxica que rotula su ministerio.
sábado, 13 de setembro de 2008
quinta-feira, 28 de agosto de 2008
Van Meegeren
Harto de ser Han van Meegeren, harto de ser desdeñado por la crítica y de haber comparecido en un tiempo equivocado, Han van Meegeren planificó ser un pintor del siglo XVII. El Siglo de Oro le prodigó la magnitud de Johaness Veermer, de quien osó el tema bíblico de la cena de Emaús. A la esplendidez inaugural le siguieron obras que acaso podríamos tratar de menores. Cuando fue arrestado, van Meegeren se deparó con una disyuntiva inesperada: si declaraba que no había incurrido en traición, pues las obras vendidas al Reich eran de su cuño, las telas serían extirpadas de los museos; si no lo hacía, sus invenciones continuarían seduciendo bajo la férula del otro holandés. Finalmente optó por desvelar la impostura.
En otro siglo de oro, un autor que quiso llamarse Alonso Fernández de Avellaneda, concibió la edificación de un nuevo Quijote. Para el efecto emuló las muchas destrezas y también las muchas indestrezas cervantinas: la amenidad, la variedad, la cascada verbal, la intercalación, el desparpajo. En el prólogo de su edición, el furtivo autor esclareció que no pretendía más que proseguir las aventuras ya incoadas por su cercano colega. He leído que Avellaneda despierta animadversión porque quiso aprovecharse de la creciente fama del libro de Cervantes. A mi juicio, esa imputación incide en dos errores de base: en primer lugar, Avellaneda es un seudónimo y como tal abriga el nombre de alguien que probablemente fue célebre; en segundo lugar, y esto es quizás lo de mayor relieve, un escritor es (o debería ser) libre para fabular con personajes, ambientes, lenguajes o historias consabidas. Es seguro que ni Racine ni Corneille prohijaron la idea de ser Eurípides; si a Séneca lo atareaba la filosofía de la tragedia, es fútil imputarle el deseo de ser Sófocles. Avellaneda ciertamente no anheló ser Miguel de Cervantes. Han van Meegeren no quiso ser un epígono, sino el propio Johaness Veermer. La obnubilada y aclamante crítica de la época llegó a calificar aquella primera incursión como la mejor de todas las obras conocidas del venerado pintor.
Un artista puede ser otros artistas. Quien premedita serlo debe saber que el tiempo no indulta de la obligación debida a la época que nos sortea el devenir.
En otro siglo de oro, un autor que quiso llamarse Alonso Fernández de Avellaneda, concibió la edificación de un nuevo Quijote. Para el efecto emuló las muchas destrezas y también las muchas indestrezas cervantinas: la amenidad, la variedad, la cascada verbal, la intercalación, el desparpajo. En el prólogo de su edición, el furtivo autor esclareció que no pretendía más que proseguir las aventuras ya incoadas por su cercano colega. He leído que Avellaneda despierta animadversión porque quiso aprovecharse de la creciente fama del libro de Cervantes. A mi juicio, esa imputación incide en dos errores de base: en primer lugar, Avellaneda es un seudónimo y como tal abriga el nombre de alguien que probablemente fue célebre; en segundo lugar, y esto es quizás lo de mayor relieve, un escritor es (o debería ser) libre para fabular con personajes, ambientes, lenguajes o historias consabidas. Es seguro que ni Racine ni Corneille prohijaron la idea de ser Eurípides; si a Séneca lo atareaba la filosofía de la tragedia, es fútil imputarle el deseo de ser Sófocles. Avellaneda ciertamente no anheló ser Miguel de Cervantes. Han van Meegeren no quiso ser un epígono, sino el propio Johaness Veermer. La obnubilada y aclamante crítica de la época llegó a calificar aquella primera incursión como la mejor de todas las obras conocidas del venerado pintor.
Un artista puede ser otros artistas. Quien premedita serlo debe saber que el tiempo no indulta de la obligación debida a la época que nos sortea el devenir.
sábado, 9 de agosto de 2008
El fin de la iglesia católica
El filósofo latino Celso fue un hombre lúcido y precursor. Antecedió en siglos a ese extraño desacuerdo que hoy asoma entre dispersos y prudentes católicos. Los prosélitos de la iglesia de Roma aprueban, o creen aprobar, la íntima orientación de esa cofradía. Aceptan y se devotan a Cristo, presienten la vida pos vida telúrica, admiten la Santísima Trinidad, aprecian a los santos, idolatran imágenes, ayunan y celebran (sin entender muy bien por qué) la Navidad. Yo entiendo que un fiel debe acatar la normativa de su jerarca príncipe. Para el caso, ello supone la discriminación a los homosexuales, la refutación de la anti y la contracepción, significa venerar la perennidad del matrimonio aun cuando carezca de sentido, implica proveer de ilimitados hijos a familias incapaces de atenderlos, significa ser conniventes con antónimos vitales: sancionar el aborto y aplaudir sin ámbitos cualquier tipo de fecundación, significa inadmitir descendientes de padres separados. Esta convenciones están cercadas de una apariencia de moral que no es otra cosa que una dilapidación de lo inmoral. Yo me pregunto, si la buena inteligencia de un católico desacata estas órdenes, ¿por qué proseguir en las filas de la iglesia?
Las tradiciones familiares no son necesariamente pruebas de sensatez. La imposición de un credo tampoco lo es. La lucidez estriba en renunciar a ella.
Celso podría haber soñado con el fin de la Iglesia Católica. Yo lo secundo en este ilusorio y urgente altruismo.
Las tradiciones familiares no son necesariamente pruebas de sensatez. La imposición de un credo tampoco lo es. La lucidez estriba en renunciar a ella.
Celso podría haber soñado con el fin de la Iglesia Católica. Yo lo secundo en este ilusorio y urgente altruismo.
segunda-feira, 21 de julho de 2008
Elogio de la farándula
Son de bajo costo, de fácil montaje, son vistos, comentados y carecen de exigencia mental, libretos, guiones o inventiva. Hace unos años era incomún encontrar programas que se acodaran únicamente sobre la vida ajena. Su intrascendencia capital ha buscado compensación en extraños neologismos como opinólogo y en la redundancia ubicua de farándula. Estos encuentros se edifican siempre de la misma forma: un grupo de personas (algunos son periodistas) auscultan hasta la indiscreción en los devenires vecinos, especialmente en los que connotan relaciones amorosas; gustan de exacerbar lo que ellos han signado como escándalo, que no es otra cosa que una sinécdoque de la irrelevancia: lo que el otro dijo, lo que el otro desmintió, lo que gasta fulano en un fin de semana, la cirugía con que fulana se quiere recomponer... He visto un fragmento en que unos especialistas discurrían con imagen a la vista si él la había querido besar o no. Entre otros silogismos declaraban que, según mostraba el ángulo, él iba primero a ocuparse del moflete derecho pero que luego se decidió por el beso comprometedor. El debate ocupó un tiempo nada exiguo.
Estos programas evitan con visible logro la enunciación de cosas inteligentes. Los he seguido con curiosidad y he constatado que es imposible exhumar de ellos algo que instigue, simplemente imposible. Todo es notorio, desvelado, esperable. Pero estas monotonías pueden también contribuir al almanaque cerebral de los chilenos. Pienso en un espectador atareado con la vida ajena, pero harto de la desgreñada discusión que comercian estas experiencias. Este audiente podría apagar el televisor e interrogar, de inicio, las "Vidas paralelas" o "La vida de los doce césares". Es probable que entonces este inusitado visitante no reincida en los viejos hábitos.
Truman Capote no eludía el coloquio inmiscuidor. Pienso cuán distintas serían las persistentes diatribas de la farándula si las presidiera gente como él.
Estos programas evitan con visible logro la enunciación de cosas inteligentes. Los he seguido con curiosidad y he constatado que es imposible exhumar de ellos algo que instigue, simplemente imposible. Todo es notorio, desvelado, esperable. Pero estas monotonías pueden también contribuir al almanaque cerebral de los chilenos. Pienso en un espectador atareado con la vida ajena, pero harto de la desgreñada discusión que comercian estas experiencias. Este audiente podría apagar el televisor e interrogar, de inicio, las "Vidas paralelas" o "La vida de los doce césares". Es probable que entonces este inusitado visitante no reincida en los viejos hábitos.
Truman Capote no eludía el coloquio inmiscuidor. Pienso cuán distintas serían las persistentes diatribas de la farándula si las presidiera gente como él.
segunda-feira, 30 de junho de 2008
El autodidacta
Bernard Shaw concluyó que la educación regular había interrumpido su formación. Aludía, obviamente, a los dilatados y rabiosos años que un individuo puede historiar en escuelas y universidades. Newton se nutrió de un exiguo material esencial para urdir su sistema posterior. Da Vinci se educó mediante la espléndida curiosidad. Wallace discurrió los fundamentos de su teoría en el indómito trasiego del Amazonas. Einstein no fue un alumno ilustre en sus años inaugurales. Borges se tituló de bachiller y nada más.
Enseñarse a sí mismo presume una pasión que puede ausentarse en la disciplina del método institucional. El autodidacta no puede albergar saberes ni afinar talentos sin devotarse íntima y pacientemente al objeto de su indagación. La escuela puede premunir la ilusión de que algo gusta, pero no garantiza su convicción. Suministra, y esto es lo que muchos buscan, un documento, una revelación escrita que atestigua lo que el autodidacta no puede publicar. La sociedad demanda ese código. La sociedad demanda la aquiescencia de una rúbrica estampada.
El mérito del autodidacta es un mérito proscrito.
Enseñarse a sí mismo presume una pasión que puede ausentarse en la disciplina del método institucional. El autodidacta no puede albergar saberes ni afinar talentos sin devotarse íntima y pacientemente al objeto de su indagación. La escuela puede premunir la ilusión de que algo gusta, pero no garantiza su convicción. Suministra, y esto es lo que muchos buscan, un documento, una revelación escrita que atestigua lo que el autodidacta no puede publicar. La sociedad demanda ese código. La sociedad demanda la aquiescencia de una rúbrica estampada.
El mérito del autodidacta es un mérito proscrito.
quinta-feira, 19 de junho de 2008
Cecilia
Sortijas y miel. Cecilia. Ha rodeado otra vez al sol y ha inaugurado el agua clara que usa para jugar. El viento, una mariposa, una tarde de césped la demoran y ella cree que el mundo es suyo, que son suyas las horas porque acaba de nacer a cada día. Ella ve la paz de la mesa y anima una palabra que a lo lejos suena con un par de ojos robados a la noche. Todo cuanto mira renace. Su voz está repleta de campanas. Mi mano se pierde en su piel acanelada, en su gesto ansioso que hace nuevo lo que ya no es nuevo.
Yo no entiendo este mundo sin ti, Cecilia.
Yo no entiendo este mundo sin ti, Cecilia.
Antonio Salieri y Anna Holtz
La Ficción y la Historia abrazan espacios contrarios. Eso es al menos lo que gustamos de pregonar. Pero hay evidencias que tornan este axioma en un simple acto de fe. Pongo por caso la imagen que hemos heredado de Antonio Salieri desde que se divulgó en 1985 la película "Amadeus". En redundantes ocasiones oí comentarios que advertían de su aparato ficcional, que no histórico. Su núcleo era pues la relación asaz tormentosa entre un genio y un hombre mediano. Respetada esta salvedad, podríamos entonces recluir a Salieri y a Mozart en el ámbito de la pura ficción y no arrostrar la licitación histórica. Pero esto no converge en lo que asiente nuestro imaginario. Ahora no sospechamos, sino que creemos saber que Antonio Salieri fue un hombre rasgado por la envidia, el celo y la intriga. Peter Shaffer prodiga ocasiones para publicar la molicie creativa del compositor. Poco importa que la Historia nos confiese que Salieri entabló relaciones corteses con Mozart y que fue un músico de talento. Nuestra mitología ya lo ha asentado en un puesto que desmerecía.
Precedida por la poderosa férula de esta película, la directora Agniezka Holland urde una trama sobre Beethoven. Lo vemos en su intimidad, despojado del inevitable arreglo divino que le cabe. El lugar de Salieri lo usurpa aquí un personaje llamado Anna Holtz, que anhela ser música y que logra enseñar su trabajo al maestro aprovechando su privilegio de copista. Pero Beethoven, en vez de celebrar la Fuga de la joven, se mofa con extrema vulgaridad de su iniciativa. Aquí convergen los dos filmes.
Como Salieri, Anna Holtz increpa a un crucifijo e inquiere por qué se le ha concedido el deseo y se le ha negado el don. Holland podría haber insistido en la medianía de Holtz pues esta no es más que un ente de ficción. No habría intervenido en nuestra apreciación de la Historia, más aun porque luego sabemos que Holtz sí amoneda un talento que debe depurar.
(Ante la interrogante que he citado sobre dios, el ateo posee una parsimonia que el creyente no puede blandir. En un sistema que contempla al Cielo es arduo entender por qué se confiere el anhelo y se refuta el talento; en uno que prescinda de él, la contestación no admite arcanos).
Anna Holtz fue inventada, y hubo miseración con su fábula. El recuerdo que portamos de Salieri aguarda una conveniente fe de errata.
Precedida por la poderosa férula de esta película, la directora Agniezka Holland urde una trama sobre Beethoven. Lo vemos en su intimidad, despojado del inevitable arreglo divino que le cabe. El lugar de Salieri lo usurpa aquí un personaje llamado Anna Holtz, que anhela ser música y que logra enseñar su trabajo al maestro aprovechando su privilegio de copista. Pero Beethoven, en vez de celebrar la Fuga de la joven, se mofa con extrema vulgaridad de su iniciativa. Aquí convergen los dos filmes.
Como Salieri, Anna Holtz increpa a un crucifijo e inquiere por qué se le ha concedido el deseo y se le ha negado el don. Holland podría haber insistido en la medianía de Holtz pues esta no es más que un ente de ficción. No habría intervenido en nuestra apreciación de la Historia, más aun porque luego sabemos que Holtz sí amoneda un talento que debe depurar.
(Ante la interrogante que he citado sobre dios, el ateo posee una parsimonia que el creyente no puede blandir. En un sistema que contempla al Cielo es arduo entender por qué se confiere el anhelo y se refuta el talento; en uno que prescinda de él, la contestación no admite arcanos).
Anna Holtz fue inventada, y hubo miseración con su fábula. El recuerdo que portamos de Salieri aguarda una conveniente fe de errata.
Assinar:
Postagens (Atom)
