Sin necesidad de reglar, la tradición ha estipulado que en la imprevisible hagiografía de la seducción se deben ofrendar tres cosas a una dama: flores, chocolate y poesía. Si al candidato se le ha negado el ingenio de los sustantivos, se espera que se auxilie de algún verso venerado. Todo Tristán aspira, a sabiendas o ignorándolo, a ser el Neruda de los 20 poemas o a ser el Bécquer de las Rimas. Bécquer es el compendio del poeta intimista, el poeta idóneo para dedicatorias y epígrafes. Es un poeta que traba amistades sin mediar esfuerzos. Prueba de ello es la manera como perdonamos y hasta justificamos sus evidentes distracciones. Nadie ignora que la pupila no puede ser azul, pero conviene que así sea. Hay una declaración de Bécquer que parece ser del gusto del nostálgico lector: No digáis que acabado su tesoro / de asuntos falta enmudeció la lira / podrá no haber poetas, pero siempre habrá poesía. Es la idea que defiende Gorostiza: la poesía tiene una existencia propia, exterior al hombre.
Nada más adecuado al ensueño que suponer que la belleza es eterna y ajena. Bécquer parecía adherir a esta convicción, pero, a propósito de un arpa, se permitió decir: Ay, pensé, cuántas veces el genio, / así duerme en el fondo del alma, y una voz como Lázaro espera/ que le diga "Lévántate y anda". Ahora la belleza, escondida en un instrumento, necesita del concurso humano.
Hay un verso de Neruda que invalida aquella primera aspiración: Y la muerte del pueblo fue como siempre / ha sido: / como si no muriera nadie, nada/ como si fueran piedras que caen sobre la tierra/ o agua sobre el agua. Neruda percibe belleza en dos hechos burdos. No sé si hasta entonces alguien había presentido poesía en la caída de una piedra. Lo cierto es que, una vez conocidos estos versos, la percepción del evento pasa a ser una percepción educada.
Berkeley entendió que los hechos de la realidad no existen desligados de la experiencia humana. A pesar de la contradicción delatada, los eventos de las Rimas quieren preexistir. Yo añadiría que no son los eventos los que amonedan la poesía y sí la mera posibilidad de que así sea. Cuando adviene la melancolía que permite asociar arbitrariamente los integrantes de la realidad, conviene que esta se suspenda. Nadie es un buen poeta sin ser irresponsable.
segunda-feira, 10 de novembro de 2008
quinta-feira, 9 de outubro de 2008
Mônica
Como se espera el frescor de una tarde
como del día una luz se espera
así termina por dentro y por fuera
la llama oscura que nunca arde.
La soledad efímera que emites
al cruzar una puerta y recorrer
la calle de algún sitio que permites
antes cae y no puede crecer.
Naciste, aliviaste mi deseo
ansiado de poblar tanto vacío
de un teatro armado que ya no veo.
Algo hay en ti que insiste en ser mío
algo sin lluvia de lo cual yo creo
un río será, será como un río.
como del día una luz se espera
así termina por dentro y por fuera
la llama oscura que nunca arde.
La soledad efímera que emites
al cruzar una puerta y recorrer
la calle de algún sitio que permites
antes cae y no puede crecer.
Naciste, aliviaste mi deseo
ansiado de poblar tanto vacío
de un teatro armado que ya no veo.
Algo hay en ti que insiste en ser mío
algo sin lluvia de lo cual yo creo
un río será, será como un río.
sábado, 4 de outubro de 2008
La ignorancia mueve montañas
Estoy (no logro decir vivo) en una ciudad en que proliferan programas auspiciados por tribus evangélicas. Al presenciarlos, es fácil notar que redundan en el alarde de esta aserción: Jesús es la solución de todos los problemas. El fiel usa esta suposición y la transforma en verdad balsámica. Si algo sale bien en su vida, es obra de Jesús; si algo no sale bien en su vida, Jesús sabe por qué. Este laberinto conceptual es idéntico al que consagra el mérito de las machis en la cultura mapuche. El cuerpo sana por intercesión de la curandera; cuando enferma, se debe a la renuencia de las potestades.
Estas convicciones comercian con accesibles silogismos: 1.- Dios es todopoderoso; estoy en desgracia; bienaventurada la desgracia porque Dios todo lo puede. 2.- Dios es justo; estoy sufriendo; soy feliz por sufrir porque Dios me compensará.
Una de las máximas publicidades de los evangélicos es la suposición de que la realidad prosaica es modificada por Dios. En una de las sesiones televisivas, los fieles hablaban, sin excepción mediante, de los dolores físicos superados por obra celestial. Cuando era el caso, los pastores repetían, no desprovistos de sorna, que las dolencias habían sido calificadas como graves por la medicina. Puede sentirse que el auditorio emite cierto desprecio por aquellos diagnósticos de mal agüero. La devoción los impele a concluir que poco importa lo que prodigue el médico, basta que el doliente venere a la potestad para que todo se resuelva. Deseosas de ser explícitas, estas sociedades son tácitas en promover una teocracia que se abstenga de la ciencia y se rija por la plegaria.
Kierkegaard escribió que la fe ocurre cuando acaba la razón. Yo me permitiría una tergiversación: la fe ocurre cuando fracasa la razón.
Estas convicciones comercian con accesibles silogismos: 1.- Dios es todopoderoso; estoy en desgracia; bienaventurada la desgracia porque Dios todo lo puede. 2.- Dios es justo; estoy sufriendo; soy feliz por sufrir porque Dios me compensará.
Una de las máximas publicidades de los evangélicos es la suposición de que la realidad prosaica es modificada por Dios. En una de las sesiones televisivas, los fieles hablaban, sin excepción mediante, de los dolores físicos superados por obra celestial. Cuando era el caso, los pastores repetían, no desprovistos de sorna, que las dolencias habían sido calificadas como graves por la medicina. Puede sentirse que el auditorio emite cierto desprecio por aquellos diagnósticos de mal agüero. La devoción los impele a concluir que poco importa lo que prodigue el médico, basta que el doliente venere a la potestad para que todo se resuelva. Deseosas de ser explícitas, estas sociedades son tácitas en promover una teocracia que se abstenga de la ciencia y se rija por la plegaria.
Kierkegaard escribió que la fe ocurre cuando acaba la razón. Yo me permitiría una tergiversación: la fe ocurre cuando fracasa la razón.
sábado, 13 de setembro de 2008
La simpatía de un oficio
Escucho con algo de frecuencia que las palabras cambian. Esta declaración procede del mismo ámbito y del mismo archivo que legitimó la certeza de que el sol gravita a la tierra. Nada más que por rigor de términos, cabe remembrar que el lenguaje carece de ánima, y que son los usuarios los que deciden la permanencia o la defunción de los componentes de un idioma. En su alba, toda palabra es un neologismo. Mientras 'domus' ha prevalecido indemne, se ha olvidado que 'pomada' deviene de manzana, pues de antiguo los mejunjes cremosos se preparaban con esa acicalada fruta. Pero existe el caso híbrido de vocablos que han emigrado a otras área sin desobeceder a su fundación. Esta solidaridad puede parecer incompatible. Un buen ejemplo la refuta: el altruismo de la antigua Grecia llamó 'pedagogo' al esclavo que conducía a los niños a sus lugares de estudio. Luego advino un tránsito conocido: la palabra rotuló al esclavo que aleccionaba y luego se asentó en el profesional de la educación.
Cuando informaba que sería profesor de castellano, mis interlocutores oscilaban del dialógico desprecio ("¿Pedagogía?, ¿vas a ser profesor?") al eufemismo lastimero ("¿profesor?, qué simpático"). Cierto día, ya en ejercicio, un apoderado me confesó que su hijo pretendía ser profesor y me rogó que lo disuadiera. En otra ocasión, un alumno me recomendó que ante las chicas revelara que ejercía la ingeniería o las leyes. La pedagogía, empero, goza de un día consagrado, como los santos, y no es incomún que se invierta en poesías, loas, artículos y lágrimas para celebrar su relevancia.
En Chile, existe un circuito de oficios de prestigio inferencial: medicina, leyes, ingeniería, no sé si periodismo. Quienes los anhelan han optado por no recordar que las materias que las componen deberán ser oficiadas por un profesor, que fue educado por profesores, que fueron educados por profesores, que fueron edificados por profesores . En Chile medra el desdén a la cultura y a sus bases. Son los quisieran erguir una instalación comenzando por el tercer piso.
El profesor actual no ha sido infiel a la cuna léxica que rotula su ministerio.
Cuando informaba que sería profesor de castellano, mis interlocutores oscilaban del dialógico desprecio ("¿Pedagogía?, ¿vas a ser profesor?") al eufemismo lastimero ("¿profesor?, qué simpático"). Cierto día, ya en ejercicio, un apoderado me confesó que su hijo pretendía ser profesor y me rogó que lo disuadiera. En otra ocasión, un alumno me recomendó que ante las chicas revelara que ejercía la ingeniería o las leyes. La pedagogía, empero, goza de un día consagrado, como los santos, y no es incomún que se invierta en poesías, loas, artículos y lágrimas para celebrar su relevancia.
En Chile, existe un circuito de oficios de prestigio inferencial: medicina, leyes, ingeniería, no sé si periodismo. Quienes los anhelan han optado por no recordar que las materias que las componen deberán ser oficiadas por un profesor, que fue educado por profesores, que fueron educados por profesores, que fueron edificados por profesores . En Chile medra el desdén a la cultura y a sus bases. Son los quisieran erguir una instalación comenzando por el tercer piso.
El profesor actual no ha sido infiel a la cuna léxica que rotula su ministerio.
quinta-feira, 28 de agosto de 2008
Van Meegeren
Harto de ser Han van Meegeren, harto de ser desdeñado por la crítica y de haber comparecido en un tiempo equivocado, Han van Meegeren planificó ser un pintor del siglo XVII. El Siglo de Oro le prodigó la magnitud de Johaness Veermer, de quien osó el tema bíblico de la cena de Emaús. A la esplendidez inaugural le siguieron obras que acaso podríamos tratar de menores. Cuando fue arrestado, van Meegeren se deparó con una disyuntiva inesperada: si declaraba que no había incurrido en traición, pues las obras vendidas al Reich eran de su cuño, las telas serían extirpadas de los museos; si no lo hacía, sus invenciones continuarían seduciendo bajo la férula del otro holandés. Finalmente optó por desvelar la impostura.
En otro siglo de oro, un autor que quiso llamarse Alonso Fernández de Avellaneda, concibió la edificación de un nuevo Quijote. Para el efecto emuló las muchas destrezas y también las muchas indestrezas cervantinas: la amenidad, la variedad, la cascada verbal, la intercalación, el desparpajo. En el prólogo de su edición, el furtivo autor esclareció que no pretendía más que proseguir las aventuras ya incoadas por su cercano colega. He leído que Avellaneda despierta animadversión porque quiso aprovecharse de la creciente fama del libro de Cervantes. A mi juicio, esa imputación incide en dos errores de base: en primer lugar, Avellaneda es un seudónimo y como tal abriga el nombre de alguien que probablemente fue célebre; en segundo lugar, y esto es quizás lo de mayor relieve, un escritor es (o debería ser) libre para fabular con personajes, ambientes, lenguajes o historias consabidas. Es seguro que ni Racine ni Corneille prohijaron la idea de ser Eurípides; si a Séneca lo atareaba la filosofía de la tragedia, es fútil imputarle el deseo de ser Sófocles. Avellaneda ciertamente no anheló ser Miguel de Cervantes. Han van Meegeren no quiso ser un epígono, sino el propio Johaness Veermer. La obnubilada y aclamante crítica de la época llegó a calificar aquella primera incursión como la mejor de todas las obras conocidas del venerado pintor.
Un artista puede ser otros artistas. Quien premedita serlo debe saber que el tiempo no indulta de la obligación debida a la época que nos sortea el devenir.
En otro siglo de oro, un autor que quiso llamarse Alonso Fernández de Avellaneda, concibió la edificación de un nuevo Quijote. Para el efecto emuló las muchas destrezas y también las muchas indestrezas cervantinas: la amenidad, la variedad, la cascada verbal, la intercalación, el desparpajo. En el prólogo de su edición, el furtivo autor esclareció que no pretendía más que proseguir las aventuras ya incoadas por su cercano colega. He leído que Avellaneda despierta animadversión porque quiso aprovecharse de la creciente fama del libro de Cervantes. A mi juicio, esa imputación incide en dos errores de base: en primer lugar, Avellaneda es un seudónimo y como tal abriga el nombre de alguien que probablemente fue célebre; en segundo lugar, y esto es quizás lo de mayor relieve, un escritor es (o debería ser) libre para fabular con personajes, ambientes, lenguajes o historias consabidas. Es seguro que ni Racine ni Corneille prohijaron la idea de ser Eurípides; si a Séneca lo atareaba la filosofía de la tragedia, es fútil imputarle el deseo de ser Sófocles. Avellaneda ciertamente no anheló ser Miguel de Cervantes. Han van Meegeren no quiso ser un epígono, sino el propio Johaness Veermer. La obnubilada y aclamante crítica de la época llegó a calificar aquella primera incursión como la mejor de todas las obras conocidas del venerado pintor.
Un artista puede ser otros artistas. Quien premedita serlo debe saber que el tiempo no indulta de la obligación debida a la época que nos sortea el devenir.
sábado, 9 de agosto de 2008
El fin de la iglesia católica
El filósofo latino Celso fue un hombre lúcido y precursor. Antecedió en siglos a ese extraño desacuerdo que hoy asoma entre dispersos y prudentes católicos. Los prosélitos de la iglesia de Roma aprueban, o creen aprobar, la íntima orientación de esa cofradía. Aceptan y se devotan a Cristo, presienten la vida pos vida telúrica, admiten la Santísima Trinidad, aprecian a los santos, idolatran imágenes, ayunan y celebran (sin entender muy bien por qué) la Navidad. Yo entiendo que un fiel debe acatar la normativa de su jerarca príncipe. Para el caso, ello supone la discriminación a los homosexuales, la refutación de la anti y la contracepción, significa venerar la perennidad del matrimonio aun cuando carezca de sentido, implica proveer de ilimitados hijos a familias incapaces de atenderlos, significa ser conniventes con antónimos vitales: sancionar el aborto y aplaudir sin ámbitos cualquier tipo de fecundación, significa inadmitir descendientes de padres separados. Esta convenciones están cercadas de una apariencia de moral que no es otra cosa que una dilapidación de lo inmoral. Yo me pregunto, si la buena inteligencia de un católico desacata estas órdenes, ¿por qué proseguir en las filas de la iglesia?
Las tradiciones familiares no son necesariamente pruebas de sensatez. La imposición de un credo tampoco lo es. La lucidez estriba en renunciar a ella.
Celso podría haber soñado con el fin de la Iglesia Católica. Yo lo secundo en este ilusorio y urgente altruismo.
Las tradiciones familiares no son necesariamente pruebas de sensatez. La imposición de un credo tampoco lo es. La lucidez estriba en renunciar a ella.
Celso podría haber soñado con el fin de la Iglesia Católica. Yo lo secundo en este ilusorio y urgente altruismo.
segunda-feira, 21 de julho de 2008
Elogio de la farándula
Son de bajo costo, de fácil montaje, son vistos, comentados y carecen de exigencia mental, libretos, guiones o inventiva. Hace unos años era incomún encontrar programas que se acodaran únicamente sobre la vida ajena. Su intrascendencia capital ha buscado compensación en extraños neologismos como opinólogo y en la redundancia ubicua de farándula. Estos encuentros se edifican siempre de la misma forma: un grupo de personas (algunos son periodistas) auscultan hasta la indiscreción en los devenires vecinos, especialmente en los que connotan relaciones amorosas; gustan de exacerbar lo que ellos han signado como escándalo, que no es otra cosa que una sinécdoque de la irrelevancia: lo que el otro dijo, lo que el otro desmintió, lo que gasta fulano en un fin de semana, la cirugía con que fulana se quiere recomponer... He visto un fragmento en que unos especialistas discurrían con imagen a la vista si él la había querido besar o no. Entre otros silogismos declaraban que, según mostraba el ángulo, él iba primero a ocuparse del moflete derecho pero que luego se decidió por el beso comprometedor. El debate ocupó un tiempo nada exiguo.
Estos programas evitan con visible logro la enunciación de cosas inteligentes. Los he seguido con curiosidad y he constatado que es imposible exhumar de ellos algo que instigue, simplemente imposible. Todo es notorio, desvelado, esperable. Pero estas monotonías pueden también contribuir al almanaque cerebral de los chilenos. Pienso en un espectador atareado con la vida ajena, pero harto de la desgreñada discusión que comercian estas experiencias. Este audiente podría apagar el televisor e interrogar, de inicio, las "Vidas paralelas" o "La vida de los doce césares". Es probable que entonces este inusitado visitante no reincida en los viejos hábitos.
Truman Capote no eludía el coloquio inmiscuidor. Pienso cuán distintas serían las persistentes diatribas de la farándula si las presidiera gente como él.
Estos programas evitan con visible logro la enunciación de cosas inteligentes. Los he seguido con curiosidad y he constatado que es imposible exhumar de ellos algo que instigue, simplemente imposible. Todo es notorio, desvelado, esperable. Pero estas monotonías pueden también contribuir al almanaque cerebral de los chilenos. Pienso en un espectador atareado con la vida ajena, pero harto de la desgreñada discusión que comercian estas experiencias. Este audiente podría apagar el televisor e interrogar, de inicio, las "Vidas paralelas" o "La vida de los doce césares". Es probable que entonces este inusitado visitante no reincida en los viejos hábitos.
Truman Capote no eludía el coloquio inmiscuidor. Pienso cuán distintas serían las persistentes diatribas de la farándula si las presidiera gente como él.
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